La voz no es lo mismo que el estilo: mi voz narrativa

La voz narrativa
Cuando hablamos de encontrar nuestra voz como escritores, solemos pensar en el estilo. Pensamos en las palabras que utilizamos, en el ritmo de nuestras frases, en la manera de construir una escena. Y tiene sentido. Después de todo, es ahí donde podemos ver la escritura. Pero quizá la voz está un poco más abajo. Porque podemos cambiar nuestra manera de escribir y seguir reconociendo algo que permanece: una determinada forma de mirar, un conjunto de preguntas, una sensibilidad frente a ciertas cosas, una manera particular de decidir qué merece ser contado. Tal vez eso sea parte de nuestra voz narrativa.
Es fácil confundir ambas cosas
Podemos reconocer con bastante facilidad que dos escritores tienen estilos diferentes. Uno puede utilizar frases muy largas y otro frases breves. Uno puede ser descriptivo, mientras otro puede preferir una escritura más directa. Uno puede construir escenas pausadas y otro puede avanzar con mayor rapidez. Todo eso importa. Pero ninguna de esas decisiones nos dice necesariamente qué está buscando cada escritor cuando mira una historia.
Podemos aprender una forma determinada de escribir. Podemos experimentar con estructuras, modificar el ritmo o utilizar un tono diferente. Lo que resulta mucho más difícil de imitar es aquello que nos lleva a mirar precisamente hacia un lugar y no hacia otro.
En mis historias hay algo que se repite con bastante frecuencia: la identidad. Mis personajes suelen intentar comprender qué les sucede, qué ocurre con sus pensamientos, cuáles son sus problemas y quiénes son realmente. También intentan descubrirse a sí mismos y comprender a los demás. No sé si podría haberlo decidido conscientemente como una característica de mi escritura. Simplemente aparece. Y quizá ahí comienza a hacerse visible una parte de mi voz.
El estilo puede cambiar
Mi manera de escribir ha cambiado con los años, aunque no siento que haya cambiado de voz. Más bien siento que ha madurado. Cuando me leo ahora, encuentro a alguien mucho más introspectivo, capaz de expresar observaciones más profundas que antes. Y eso me parece natural.
Nosotros también cambiamos mientras escribimos. Lo que sí creo importante es que el estilo no debería convertirse en una prisión. Puedo escribir de maneras diferentes dependiendo de la historia, porque no soy solamente yo quien decide cómo debe contarse. También están los personajes. Está el mundo. Está aquello que ocurre. Y todo eso termina dictando el ritmo y la forma en que puedo expresarlo.
Por eso, aunque pudiera cambiar deliberadamente de tono de una historia a otra, creo que llevar esa distancia demasiado lejos podría terminar fragmentando incluso la identidad del escritor. El estilo puede moverse, pero no debería obligarnos a convertirnos en alguien diferente cada vez que escribimos.
La voz está en la mirada
Cuando exploro una historia, mi atención suele regresar a los personajes: a su forma de ser, a la manera en que afrontan las situaciones de sus vidas, a sus emociones, sus sentimientos y todo aquello que los rodea. No se sienten completamente ajenos a mí. Y creo que esa cercanía también forma parte de mi voz.
Cuando experimento sus existencias desde fuera, sin contemplarlos como creaciones que simplemente puedo controlar, es inevitable que algunas de las cosas que los hacen ser quienes son terminen tocándome también. Mi propia experiencia alimenta esa mirada, y la madurez con la que observo lo que encuentro hace que no pueda tomarla a la ligera.
Hay una pregunta que también regresa constantemente en mis exploraciones: ¿qué hay más allá? ¿Qué hay detrás de este personaje? ¿Qué existe detrás de aquello que acaba de mostrarme? A veces tengo la sensación de que hay algo presente que todavía no conozco. Entonces presto atención. Y cuando finalmente se asoma, la pregunta no desaparece: crece. No porque necesite responderla inmediatamente, sino porque realmente quiero conocer qué hay allí. Quizá nuestra voz también pueda encontrarse en las preguntas que no dejamos de hacer.
La voz aparece en lo que elegimos mirar
Con el tiempo he descubierto que no necesito sentarme a decidir cuál debería ser mi voz. De hecho, siento que siempre ha estado ahí, marcada por muchas experiencias de mi vida anteriores incluso a que comenzara a escribir. Lo que ha ocurrido con los años es que he ido quitando polvo, retirando telarañas que la cubrían.
A veces mi voz se esconde. El mundo puede ser abrumador y, en esos momentos, resulta más difícil escuchar aquello que tenemos dentro. Pero sigo intentando darle ánimos para que salga. Y curiosamente, no busco que sea aceptada por los demás. Quiero que se acepte a sí misma.
Quizá por eso tampoco he buscado lectores de una manera deliberada. Durante mucho tiempo, descubrir mi voz me ha importado más que conseguir que otras personas la reconozcan. Y eso también ha cambiado mi relación con la escritura.
Descubrí mi voz cuando intenté escribir como alguien más
Cuando comencé a escribir, llegué a intentar hacerlo de una manera parecida a otros escritores. No duró demasiado. Después de un par de páginas, había aprendido la lección. Podía reconocer que aquellas palabras tenían una forma determinada, pero había algo que faltaba: yo.
Desde entonces preferí escribir a mi manera. Mal, bien, regular, con errores, incluso con horrores. Pero míos. Mis preciados errores. Porque también he aprendido de ellos. Y, de alguna manera, esos errores me hacen sentir que existo y que mis palabras importan. No porque sean perfectas. Precisamente porque son mías.
El estilo es una herramienta, pero no necesariamente el propósito
Creo que el estilo puede ayudar a llevar aquello que queremos expresar hacia otras personas. Pero no estoy seguro de que debamos escribir pensando primero en gustar. Al menos, no es la razón por la que yo escribo. Escribo para expresar lo que siento y pienso. Y, desde ese lugar, el estilo deja de ser tan relevante como solemos creer.
No significa que no importe. Significa que no debería confundirse con aquello que estamos intentando expresar. Podemos utilizar diferentes herramientas para contar una historia. Pero ninguna herramienta, por sí sola, puede decir qué queremos mirar, qué preguntas nos persiguen o qué sentimos cuando descubrimos algo dentro de una exploración.
El estilo puede cambiar. La voz puede incluso transformarse con nosotros. Pero hay algo que continúa acompañándonos.
La voz también aparece cuando dejamos de intentar encontrarla
Cuando escribo espontáneamente, siento que mi yo interior toma el control. No comienza a representar algo. Comienza a expresarse. Muestra lo que siente. Y eso se ha convertido en algo muy valioso para mí, incluso liberador.
Estas mismas palabras, estas publicaciones, también contienen partes de mí. Por eso no siempre necesito hacer revisiones profundas. He aprendido, con el tiempo, a darle cierto control a mis escritos a través de las propias palabras. Quizá porque mi voz ha adquirido ese control. No necesito adornarla demasiado. Tampoco encasillarla. Simplemente necesito permitirle aparecer.
Entonces, ¿dónde está nuestra voz?
Tal vez encontrar una voz no consiste en descubrir una fórmula que podamos repetir en cada página. Quizá consiste en reconocer aquello que permanece incluso cuando cambiamos la forma. Podemos experimentar con el ritmo, cambiar el tono, probar otras estructuras, escribir historias completamente diferentes y, aun así, puede existir algo que continúe acompañándonos: las preguntas que hacemos, las cosas que observamos, los personajes que nos interesan, la manera en que entendemos las emociones, la identidad, las relaciones o aquello que permanece oculto.
En mi caso, cada vez tengo más claro que mi manera de mirar revela aquello que puedo llegar a sentir. Mi voz representa la forma en que puedo ser tal como soy por dentro. Por eso no siento la necesidad de adornarla ni de encasillarla dentro de una determinada forma de estilo. Creo que eso es precisamente lo que la hace mía.
Y quizá esa sea también una de las cosas más hermosas de escribir: descubrir que nuestra voz no necesita parecerse a ninguna otra para tener valor.
Creo que mi voz como escritor está en mi alma, en cómo siento y percibo lo que mis exploraciones me muestran.
El estilo puede cambiar. La voz puede madurar. Pero quizá reconocer esa continuidad sea una de las primeras formas de reconocer quiénes somos cuando escribimos. Porque nuestra voz no está únicamente en cómo contamos una historia. También está en la razón por la que elegimos mirar aquello que estamos contando.
¿Cómo distinguirían ustedes entre el estilo de un escritor y su voz?




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