La historia que imaginamos y la historia que terminamos escribiendo: historia imaginada

La historia imaginada
Hay una historia que existe antes de que escribamos la primera palabra.
No tiene páginas. No tiene escenas definitivas. No tiene todavía una forma que podamos señalar y decir: esto es exactamente lo que será.
Existe como un universo lleno de posibilidades.
Al menos, así se sienten mis historias.
No suelo planificarlas de antemano. Cuando una historia aparece, no sé hasta dónde puede llevarme. La descubro mientras la escribo, y son las preguntas que aparecen durante esa exploración las que me impulsan a continuar.
Por eso, para mí, comenzar a escribir no significa trasladar algo que ya conozco por completo desde mi mente hasta el papel.
Significa comenzar a descubrirlo.
La historia comienza cuando empiezo a escribir
Hay un pequeño delay entre lo que escribo y lo que mi mente está mostrando.
Comienzo con una palabra.
Después otra.
Y, cuando me doy cuenta, mi mente continúa mostrándome aquel mundo como si estuviera viendo una película mientras mis dedos no dejan de teclear.
A veces tengo que detenerme un momento y descubro que incluso he escrito palabras incorrectamente debido a la velocidad con la que estaba escribiendo.
Otras veces existe una pequeña noción desde la que puedo comenzar, pero la historia permanece en pausa hasta que continúo escribiendo.
Entonces vuelve a avanzar.
No siento que esté ejecutando una planificación previa. Siento que estoy entrando en un lugar que continúa existiendo mientras lo observo.
Y cada palabra me permite ver un poco más.
Escribir también significa descubrir lo que no sabíamos
Una de las cosas que más me fascina de este proceso es descubrir las acciones de mis propios personajes mientras la historia transcurre.
No siempre sé qué van a hacer.
No siempre sé qué están planeando.
En ocasiones descubro una escena, un elemento o incluso un personaje al mismo tiempo que la historia me los muestra.
Y lejos de resultarme abrumador, me parece fascinante.
Cada nueva exploración es una experiencia que considero invaluable, precisamente porque no conozco de antemano todo aquello que voy a encontrar.
Incluso puedo llegar a comprender el sentido de algo después de haber atravesado una determinada parte de la historia.
Primero ocurre.
Después lo comprendo.
Y esa diferencia me resulta mucho más interesante que saberlo todo antes de comenzar.
No todo lo que escribimos pertenece realmente a la historia
También he aprendido que existe una diferencia entre descubrir algo y forzarlo.
Cuando releo una parte y encuentro que determinados acontecimientos suceden de una manera artificial o antinatural, normalmente sé que he alcanzado un límite.
No necesariamente un límite de la historia.
Muchas veces es un límite mío.
Puede ser que todavía no tenga la madurez suficiente para comprender una pregunta que la historia está planteando.
Entonces me alejo.
No para abandonarla, sino para esperar hasta poder comprender aquello que antes no podía ver.
Lo que suelo descartar no es una posibilidad natural de la historia, sino aquello que yo mismo intenté introducir en ella.
Porque una cosa es descubrir que una historia está cambiando mientras la exploramos y otra muy diferente es imponerle un cambio porque nosotros queremos que sea diferente.
Ahí es donde, para mí, comienza a perder su esencia.
Una historia no cambia para mejorar
Durante mucho tiempo podría parecer lógico pensar que si una historia cambia mientras la escribimos, ese cambio representa una evolución.
Pero no lo veo necesariamente así.
Una historia puede cambiar y, al hacerlo, destruirse.
Puede perder su sentido cuando la obligamos a ser algo que no corresponde con su naturaleza.
Eso es precisamente lo que intento evitar.
No quiero imponer mi pensamiento sobre una historia solo porque sea mi deseo verla de determinada manera. Si lo hiciera, lo que estaría plasmando ya no sería la naturaleza de esa historia, sino mi propia expectativa sobre ella.
Y cuando sucede lo contrario, cuando el cambio aparece de manera natural, la sensación es completamente diferente.
No parece que algo haya sido modificado.
Parece que algo ha sido descubierto.
La historia también cambia porque nosotros cambiamos
Hay otra transformación que ocurre mientras escribimos y que quizá sea todavía más difícil de separar de la propia obra.
Nosotros también estamos cambiando.
Mientras una historia crece, seguimos viviendo. Seguimos aprendiendo. Nuestra manera de observar las cosas se transforma.
Y eso termina afectando nuestra capacidad para comprender aquello que estamos explorando.
Puedo releer mis propios libros y encontrar detalles que antes no veía con tanta claridad.
En ocasiones me sorprende descubrir algo interesante o nuevo dentro de una historia que yo mismo escribí.
Pero creo que eso ocurre porque tampoco soy exactamente el mismo que la escribió.
Cada nueva lectura puede mostrarme algo diferente.
No necesariamente porque el libro haya cambiado, sino porque yo estoy observándolo desde otro lugar.
Terminar una historia también cambia la manera de verla
Cuando termino una historia, puedo reconocer cuánto han cambiado el mundo, los personajes y mi propia manera de observarlos.
Y existe algo curioso en ese momento.
No siento nostalgia únicamente porque la historia haya terminado.
La siento porque ya no puedo seguir explorándola de la misma manera.
Durante el tiempo que la escribo, ese universo continúa existiendo ante mí. Puedo entrar en él, descubrir qué ocurre, conocer a sus personajes y seguir sus caminos.
Cuando termino, tengo que regresar a la realidad.
Y aunque la historia permanezca conmigo, la exploración ya no es la misma.
Quizá por eso terminar una obra puede sentirse como despedirse de un lugar al que estuvimos entrando durante mucho tiempo.
Lo que permanece no es una forma
Si una historia puede cambiar tanto durante su escritura, entonces quizá la pregunta no debería ser cuánto se parece la obra terminada a aquella primera imagen que tuvimos.
En mi caso, ni siquiera siento que existan distintas versiones de mis historias.
Cuando una historia se siente extraña, normalmente no pienso que haya encontrado una nueva versión de ella.
Pienso que la he forzado.
Y cuando eso ocurre, necesito alejarme de aquello que la hizo cambiar artificialmente, deshacerlo y permitir que retome su camino natural.
Eso es algo que hoy comprendo mucho mejor que al principio.
Porque lo que hace que mis historias sigan siendo ellas mismas no es que sus acontecimientos permanezcan intactos.
Es algo mucho más profundo.
Es la sensación que generan sus personajes.
La autenticidad con la que pueden ser quienes son.
Sus errores, sus defectos y sus virtudes. Sus emociones, sus sentimientos y todo aquello que los hace sentirse como seres que existen por sí mismos.
Eso es, para mí, lo más valioso de mis historias.
Escribir también nos transforma a nosotros
Quizá esa sea una de las cosas que menos podemos descubrir antes de comenzar a escribir.
No sabemos exactamente qué va a ocurrir con la historia.
Pero tampoco sabemos exactamente qué va a ocurrir con nosotros.
Al escribir, mi propia percepción cambia.
No solamente cambia mi manera de observar las historias. También cambia mi manera de observarme y comprenderme a mí mismo.
Cada exploración me lleva hacia nuevas preguntas, nuevos personajes y nuevos mundos, pero también me permite descubrir partes de mi propia forma de pensar que quizá no habría alcanzado a comprender con tanta facilidad de otra manera.
Por eso, cuando comparo una historia imaginada con la historia que finalmente terminé escribiendo, ya no veo simplemente una diferencia entre dos versiones.
Veo un recorrido.
Una posibilidad que comenzó a existir, unas preguntas que aparecieron durante la exploración, unas decisiones que surgieron naturalmente y una persona que, mientras escribía, también estaba cambiando.
Una historia comienza siendo una posibilidad.
Después se convierte en descubrimientos.
Los descubrimientos generan nuevas preguntas.
Y las preguntas nos llevan hacia lugares que quizá nunca habríamos podido imaginar de la misma manera antes de comenzar.
Tal vez por eso no deberíamos medir una historia únicamente por cuánto se parece a aquello que imaginamos al principio.
A veces, para encontrar aquello que realmente es, una historia necesita revelarse mientras la escribimos.
Y quizá el verdadero trabajo del escritor no consiste en impedir esa transformación.
Consiste en acompañarla, aprender a reconocer cuándo estamos descubriendo la historia y cuándo estamos intentando imponerle la nuestra, y no perder de vista aquello que hizo que quisiéramos explorarla en primer lugar.
¿Alguna obra —propia o ajena— les ha sorprendido porque terminó siendo muy diferente de lo que imaginaban al principio?




Comentarios