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A veces necesitamos distancia para comprender lo que estamos creando: mi distancia creativa

17 sept
4 min de lectura
Cuaderno abierto con la pregunta manuscrita «¿Qué puedo ver ahora?» y un lápiz amarillo sobre una mesa oscura.

Mi distancia creativa

Cuando llevamos demasiado tiempo cerca de una idea, puede resultar difícil verla con claridad. No necesariamente porque hayamos dejado de cuestionarla, sino porque estamos demasiado inmersos en ella, intentando comprender cada detalle, cada personaje, cada acontecimiento y cada posibilidad que ese mundo parece mostrarnos.

En mi caso, esa cercanía con una obra puede sentirse como si estuviera completamente dentro de ella. Antes necesitaba cerrar los ojos para imaginar que mi mente se transportaba a un cuerpo paralelo, dentro de ese universo que me esperaba para continuar explorándolo. Ahora ya no necesito hacerlo. La inmersión ocurre de otra manera: sigo recibiendo preguntas, imágenes, acontecimientos y ecos de aquello que sucede.

Sin embargo, esa inmersión también puede producir un desbalance.


Cuando la exploración nos abruma

Hay momentos en los que no soy capaz de comprender con suficiente claridad lo que está ocurriendo realmente con los personajes, el entorno o la historia. No significa que el universo haya dejado de existir, ni que la exploración haya perdido su sentido. Más bien, siento que todavía no estoy preparado para observarlo en su totalidad.

Entonces decido alejarme un poco.

No se trata de abandonar la obra, sino de permitir que mi mente descanse de la exploración directa. Aunque deje de trabajar sobre ella, el mundo continúa llegando de otras formas: aparecen ecos, sensaciones, preguntas o fragmentos de aquello que todavía estoy intentando comprender.

La historia sigue creciendo en mi interior, incluso cuando no estoy escribiendo.

Con el tiempo, llega un momento en que puedo regresar. Y, al hacerlo, algo que antes permanecía oculto comienza a hacerse visible.


La distancia cambia nuestra capacidad de observar

Lo primero que suele cambiar no es necesariamente la historia, sino mi capacidad de observarla.

A veces se siente como sucede en algunos videojuegos: avanzas por un nivel, pero una parte del escenario permanece cubierta por una niebla que no te permite continuar. Sabes que hay algo allí, pero todavía no puedes verlo con claridad.

Después, al regresar a la historia, es como si esa niebla desapareciera.

De pronto puedo observar algo que antes no estaba a mi alcance. Una relación adquiere otro sentido, un acontecimiento revela una profundidad distinta o un personaje comienza a mostrar aspectos que no había logrado percibir. Es un descubrimiento muy revelador, y la emoción que lo acompaña puede ser intensa.

No siento que haya inventado necesariamente algo nuevo. Muchas veces tengo la impresión de que aquello ya estaba allí, esperando a que pudiera verlo.


Regresar no siempre significa corregir

Durante mucho tiempo podría parecer que tomar distancia sirve para detectar errores y modificar decisiones anteriores. En parte puede ser así, pero mi experiencia me ha mostrado algo más.

La distancia también me permite comprender que una historia puede conducirme por caminos menos directos de lo que esperaba. Puede presentar acontecimientos o personajes que, aunque no parezcan centrales al principio, tienen algo importante que enseñarme sobre ese mundo.

Por eso, mis decisiones no consisten necesariamente en mutilar la historia para hacerla encajar en una idea previa. Consisten en escoger con cuidado las palabras idóneas para plasmar aquello que estoy descubriendo.

Un ejemplo de esto ocurrió con mi primera trilogía.

Al principio pensaba que el mundo se centraba principalmente en lo que los villanos podían hacerles a los protagonistas. Pero, con el tiempo, al regresar a ese universo y completar eventualmente el segundo y tercer libro, comprendí que era mucho más profundo de lo que había creído.

El centro de ese mundo no era únicamente un conflicto peligroso. Había matices que lo atravesaban todo y que, de alguna manera, también me habían transformado. Pude sentir con mayor profundidad lo que experimentaban mis personajes. Dejaron de ser solamente figuras de ficción para convertirse en seres cercanos.

La distancia no destruyó aquella primera visión. Me permitió comprender que era incompleta.


Dejar descansar no es abandonar

Para mí, existe una diferencia importante entre dejar descansar una historia y abandonarla.

Cuando dejo una obra en reposo, me doy la oportunidad de despejar la mente. También permito que aquello que llevo dentro madure, para que más adelante pueda observar con mayor claridad lo que antes no conseguía comprender.

Abandonarla, en cambio, se siente de una manera muy distinta.

Solo imaginar que un universo puede morir antes de que le dé la oportunidad de intentar existir me produce melancolía. Por eso prefiero tenderle la mano, aunque tenga que esperar hasta que pueda tomarla.

No todas las historias avanzan al mismo ritmo. Algunas necesitan que insistamos; otras, que sepamos detenernos. Y, en ocasiones, continuar creando significa precisamente no forzar la exploración cuando todavía no estamos preparados para entenderla.


El tiempo también modifica nuestras expectativas

La distancia no solo permite observar mejor la obra. También puede mostrarnos cuánto de lo que esperábamos encontrar pertenecía realmente a la historia y cuánto provenía de nosotros.

Me ha ocurrido descubrir que una historia era distinta de lo que imaginaba. Al principio, podría parecer que el universo se había desviado de su camino, pero después comprendo que era mi expectativa la que intentaba imponerle una dirección.

A veces la historia no está equivocada. Somos nosotros quienes todavía estamos intentando comprender hacia dónde conduce.

Esa experiencia me recuerda a cuando crecemos y, al mirar hacia atrás, podemos observar con mayor amplitud algunas cosas que hacíamos o pensábamos años antes. No necesariamente las contemplamos con vergüenza o rechazo, sino con una comprensión diferente, incluso con cierta alegría.

Algo parecido sucede con mis historias. Cada exploración me enseña algo, incluso cuando me obliga a reconocer que no había visto lo que tenía delante.


Regresar con otra mirada

La distancia creativa temporal es la que más reconozco en mi proceso. Muchas veces necesito tiempo porque mi mente se abruma, pero también porque temo perder detalles importantes de esos mundos.

No dejar respirar una historia puede llevarme a tomar decisiones apresuradas. Puedo intentar resolver algo antes de comprenderlo, forzar una dirección o eliminar elementos que todavía tienen algo que mostrarme.

Por eso, alejarme no significa dejar de cuidar una obra. En ocasiones, es precisamente una forma de protegerla de mi frustración, del estrés externo y de la necesidad de obtener respuestas antes de estar listo para recibirlas.

Tal vez una obra no cambia únicamente cuando añadimos algo a sus páginas. A veces cambia cuando nosotros dejamos de mirarla desde el mismo lugar.

La distancia puede mostrarnos lo que la cercanía ocultaba.

Y regresar, después de un tiempo, puede ser una de las formas más honestas de continuar creando.

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