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Las historias necesitan tiempo para descubrir lo que realmente quieren contar: mi proceso creativo

3 sept
4 min de lectura
Cuaderno de trabajo con notas manuscritas utilizado durante el desarrollo y la maduración de una historia antes de convertirse en novela.

Comprender el proceso creativo

Vivimos en una época que premia la rapidez.

Parece que toda idea debe convertirse inmediatamente en un proyecto, que toda historia merece escribirse en cuanto aparece y que detenerse demasiado tiempo significa perder una oportunidad.

Sin embargo, mi experiencia ha sido muy distinta.

He aprendido que algunas historias no llegan para ser escritas de inmediato. Llegan para acompañarnos. Permanecen cerca mientras seguimos viviendo, cambiando y aprendiendo, hasta que un día descubrimos que aquello que buscábamos comprender ha comenzado, por fin, a revelarse.

Durante mucho tiempo pensé que una historia no estaba lista cuando todavía no podía responder la pregunta que me había llevado a explorarla.

Hoy creo que la realidad es otra.

La historia probablemente ya estaba lista.

Quien aún no estaba preparado para comprender su respuesta era yo.


El tiempo también forma parte del oficio

Cuando comienzo a explorar un mundo, intento no apresurar aquello que todavía no entiendo.

Si una pregunta permanece abierta, no invento una respuesta para seguir avanzando. Espero.

Esa espera nunca ha sido una pérdida de tiempo.

Al contrario.

Con el paso de los meses —y, en ocasiones, de los años— descubro que la historia empieza a mostrarse con mayor claridad. No porque haya cambiado, sino porque mi forma de observarla también lo ha hecho.

He comprobado que muchas respuestas aparecen mientras vivo, mucho antes de sentarme frente al teclado.

La paciencia, entonces, deja de ser una pausa entre dos momentos de escritura.

Se convierte en parte del proceso creativo.


Aprender a escuchar las historias

Antes acostumbraba preguntarme qué podía obtener de una idea.

¿Qué novela podía escribir?

¿Qué personaje podía construir?

¿Qué conflicto podía desarrollar?

Con el tiempo dejé de hacerme esas preguntas.

Ahora prefiero preguntarme algo distinto.

¿Qué quiere decirme esta historia?

Ese pequeño cambio transformó por completo mi manera de escribir.

Hay ideas que durante años me parecieron demasiado pequeñas o insuficientes para convertirse en una novela.

No era porque les faltara fuerza.

Era porque yo todavía no sabía mirarlas con los ojos adecuados.

Cuando regresé a ellas tiempo después, seguían allí.

Pero ahora podía ver cosas que antes habían permanecido ocultas.

No habían cambiado las historias.

Había cambiado yo.


Convivir con un mundo antes de escribirlo

Algunos de mis universos llevan años acompañándome.

Uno de ellos es Ávalon.

Aunque todavía no haya llegado el momento de explorarlo por completo, nunca ha dejado de existir para mí.

Sigue creciendo silenciosamente.

A veces aparece en un pensamiento inesperado.

Otras veces en una imagen fugaz mientras estoy ocupado en cualquier otra actividad.

Es como si ese mundo continuara viviendo incluso cuando no lo estoy recorriendo de forma consciente.

Quizá por eso nunca siento que abandono una historia.

Simplemente dejo de explorarla durante un tiempo.

Cuando regreso, ella continúa allí.

Esperándome.


La presión puede impedirnos ver con claridad

Hubo una época en la que intentaba acelerar ese proceso.

Pensaba que debía producir más.

Avanzar más rápido.

Aprovechar mejor cada idea.

Esa presión no hacía que escribiera mejor.

Solo conseguía que dejara de escuchar aquello que el propio mundo intentaba mostrarme.

También cometí otro error.

En ocasiones intenté incorporar elementos porque parecían responder a expectativas externas, a tendencias o a aquello que se esperaba de una historia.

Muy pronto descubrí que todo lo que nacía desde esa presión se sentía ajeno.

Como si perteneciera a otro lugar.

Como si hubiera sido colocado sobre el mundo en vez de surgir de él.

Desde entonces comprendí que mi responsabilidad no consiste en forzar una historia para que responda a criterios externos.

Consiste en proteger aquello que hace único al universo que estoy explorando.


Respetar una historia

Con el tiempo entendí que respetar una historia significa aceptar, desde mi humilde posición, que esos mundos poseen una naturaleza propia.

Si realmente creo que existen como universos vivos, intervenir en ellos por capricho, por presión o por la necesidad de satisfacer expectativas externas sería dejar de escucharlos.

Cambiar una escena únicamente porque podría resultar más atractiva.

Modificar un personaje para hacerlo más cercano a un tipo concreto de lector.

Alterar las reglas de un mundo porque otra obra estableció un modelo distinto.

Nada de eso nace de la historia.

Nace de algo que intenta imponerse sobre ella.

Prefiero otro camino.

Prefiero dejar que cada universo conserve su propia voz, incluso si eso significa avanzar más despacio o renunciar a decisiones que podrían parecer más convenientes.

Porque al final comprendí que mi mayor responsabilidad no es controlar esos mundos.

Es no impedirles ser aquello que ya son.


Una historia llega cuando estamos preparados

Hoy ya no pienso que el tiempo retrase una novela.

Pienso que, muchas veces, el tiempo nos prepara para comprenderla.

Las historias merecen tanto respeto como quien decide explorarlas.

Y parte de ese respeto consiste en aceptar que algunas respuestas solo aparecen cuando dejamos de exigirlas y aprendemos a escucharlas.

Quizá esa sea una de las lecciones más importantes que la escritura me ha enseñado.

No todas las historias necesitan escribirse cuanto antes.

Algunas primero necesitan convertirse en parte de quien tendrá el privilegio de contarlas.

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