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Antes del primer capítulo existe un mundo: cómo entiendo la construcción de mundos

Cuaderno con notas manuscritas, un lápiz y el escritorio donde desarrollo el proceso creativo de mis novelas.

Como comienza la construcción de mundos

Muchas personas imaginan que una novela comienza cuando el escritor encuentra la primera frase.

Yo no lo vivo así.

Mucho antes de escribir un capítulo, incluso antes de pensar en una escena o en un diálogo, existe algo que ya reclama mi atención: un mundo.

No aparece como una lista de lugares o de personajes. Se presenta como una visión, una presencia que poco a poco comienza a ocupar un espacio en mi imaginación. Con el tiempo, ese universo adquiere una forma propia, como si siguiera desarrollándose en paralelo al mundo al que pertenezco.

Y lo más curioso es que nunca deja de hacerlo.

Aunque no escriba sobre él durante semanas o meses, continúa cambiando. Sus personajes viven nuevas experiencias. Su historia avanza. Sus conflictos evolucionan. Yo puedo decidir cuándo volver a explorarlo, pero no siento que pueda detenerlo.

Quizá por eso nunca me he considerado un inventor de mundos.

Siempre me he sentido más cerca de un explorador.


Descubrir antes que inventar

Cuando hablo de construir un universo narrativo, en realidad no pienso en inventar cosas.

Pienso en descubrirlas.

Es una diferencia pequeña en apariencia, pero enorme para mi proceso creativo.

Nunca he sentido que me siente frente a una hoja en blanco para decidir cómo será un reino, qué leyes tendrá una cultura o qué historia compartirá un pueblo. Más bien tengo la impresión de ir encontrando esas respuestas mientras avanzo, como quien recorre un territorio desconocido y empieza a comprender cómo funciona.

Quizá por eso también veo a mis personajes de una manera muy particular.

No los siento como piezas que puedo mover a voluntad. Con el tiempo terminan pareciéndose más a compañeros de viaje que a creaciones propias. Los observo, los acompaño y procuro comprender las decisiones que toman dentro del mundo que habitan.

Es una relación difícil de explicar, pero muy natural cuando se experimenta desde dentro.


Un universo es un organismo vivo

Cuando pensamos en la construcción de mundos solemos imaginar mapas, cronologías, idiomas, religiones o sistemas políticos.

Todos esos elementos son importantes.

Pero, para mí, ninguno existe de manera aislada.

La geografía condiciona la historia. La historia transforma las culturas. Las culturas moldean las creencias. Las creencias influyen en los conflictos. Los conflictos cambian a las personas. Y las personas terminan alterando el mundo que las rodea.

Todo está conectado.

Por eso me gusta pensar en un universo narrativo como un organismo vivo.

No porque sea perfecto, sino porque posee una naturaleza propia. Una coherencia interna que hace que cada elemento encuentre su lugar sin necesidad de ser forzado.


Cuando una historia deja de ser ella misma


No suelo hablar de los errores de otros escritores.

Prefiero recordar uno de los míos.

Hubo un momento en el que intenté incorporar a una historia ideas que no nacían de ella, sino de lo que parecía funcionar en ese momento. No afectó únicamente algunos detalles del relato. Cambió el tono completo del mundo.

De pronto, algo dejó de sentirse verdadero.

No porque estuviera mal escrito, sino porque ya no pertenecía a ese universo. Era un elemento superpuesto, ajeno a la naturaleza de la historia.

Esa experiencia me enseñó una lección que desde entonces intento no olvidar.

Los mundos pierden fuerza cuando dejan de desarrollarse según su propia naturaleza para responder a expectativas externas.

Desde ese momento decidí confiar más en aquello que descubro que en aquello que siento la necesidad de imponer.


Cuando el mundo encuentra su propio camino

La mayoría de mis historias comienzan con un personaje.

No con un héroe extraordinario.

Al contrario.

Empiezan con alguien que vive una experiencia aparentemente ordinaria, hasta que algo ocurre dentro de él. Una pregunta. Una inquietud. Una duda imposible de ignorar.

Entonces comienza el viaje.

Y ese viaje no transforma únicamente al personaje.

También revela el mundo que lo rodea.

A medida que avanzo descubro que los acontecimientos no suceden porque yo los obligue a ocurrir. Se desencadenan porque son consecuencia de todo lo que ese universo ya es.

Cuando el mundo conserva su naturaleza, la historia deja de sentirse diseñada.

Empieza a sentirse inevitable.


Antes del primer capítulo

Quizá esa sea la razón por la que sigo disfrutando tanto este proceso.

No escribo para demostrar cuánto puedo imaginar.

Escribo porque todavía me asombra descubrir lo que esos mundos tienen para mostrarme.

Antes del primer capítulo ya existe un universo que respira, cambia y guarda historias que aún no conozco por completo.

Mi trabajo consiste en regresar a él una y otra vez, recorrer sus caminos con atención y, cuando encuentro algo que merece ser contado, intentar traducirlo en palabras.

Porque un buen universo no existe para impresionar al lector.

Existe para que, cuando la historia finalmente comience, cada paso parezca haber sido inevitable.

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